Subjetividad e institucionalidad

SUBJETIVIDAD E INSTITUCIONALIDAD

Reflexión sobre el sentido de vida de los burócratas 

Burócrata

En tierras latinoamericanas la institucionalidad es una vieja añoranza.  Que el naciturus sea evaluado, que el nacido se registre, que la salida del país se informe, que el vendedor en la calle tenga permiso, que la organización social se registre, que del amor entre personas se informe, que la prostituta tenga permiso, que el estudiante se evalúe, que el curandero se registre, que la sentencia se cumpla, que la población se enumere, son algunos logros alcanzados por las instituciones latinoamericanas. En nuestros países cada mañana diligentes funcionarios entran disciplinados a las instituciones, registran su ingreso, e inmediatamente encienden su computador o abren la ventanilla para seguir -con esta larga e ininterrumpida tarea – de seguir institucionalizando al país. Son ellos, los burócratas, las manos con que las que cada día se ponen orden al país, se elimina la arbitrariedad y se lo empuja al progreso.

El ‘buen burócrata’ duerme tranquilo ignorante del papel que la historia lo asigna. Incapaz de advertir que detrás de cada individuo que no cumple los requisitos está: un vendedor ambulante que corre de la policía, una prostituta obligada a mayor maltrato, un curandero que actúa en clandestinidad, un estudiante deprimido o un amor homosexual despreciado. El buen burócrata ignora que conforme pasan los años se va convirtiendo en un ser que no cumple los requisitos de productividad que la oficina de recursos humanos espera. Ignora que el aparecimiento de sus enfermedades o la desactualización de sus conocimientos, su envejecimiento o simple mortalidad, lo convierten en un ser sin requisitos para la oficina de recursos humanos y esta dura sociedad.

El problema no consiste tanto en ser o no ser burócrata, sino saber que es ser un burócrata. No se trata de dejar la burocracia en la medida que fuera de ella no comienza el paraíso (aunque pueda ser una posibilidad). Pero si se trata de saber que el cumplimiento de los requisitos es una forma sutil de ejercer violencia. Saber que ‘dejar pasar’ requisitos puede no ser un acto de un buen burócrata pero si de una buena persona. Saber también que el sentido de vida de un burócrata no pasa por ordenar un país, sino por su capacidad de liberarse de su prestigio social y su acomodo, para actuar autenticamente, aunque sea a partir de las cinco de la tarde.

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