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Ronald Dworkin: el aguijón semántico del derecho

En este post intentaré sistematizar una reflexión del libro El Imperio de la Justicia de Ronald Dworkin que considero debemos atesorar[1]. Ronald Dworkin demuestra en este texto cómo en el derecho existen varias posibilidades interpretativas. En muchos casos, la actitud interpretativa de cada abogado lo llevará a que responda de manera distinta en distintos casos. Esta afirmación es común, pero pocos han logrado explicar de manera convincente por qué existen distintas interpretaciones en el derecho.

Este planteamiento enfrenta a una doctrina jurídica que señala que el momento en que los jueces deciden un caso tienen que remitirse a una decisión claramente establecida por autoridades políticas en el pasado. Es lo que en el libro que estamos revisando llaman doctrina del hecho evidente según la cual el derecho “es sólo aquello que las instituciones legales, tales como legislatura, consejos municipales y cortes, han decidido en el pasado” (p. 19). Aquí se pone en entredicho que el derecho sea simplemente un texto del pasado, que sea claro y evidente.   Este carácter inequívoco de las respuestas jurídicas es desafiado por Dworking desde dos puntos de ataque.

  1. Tres concepciones o paradigmas que hacen que los juristas resuelvan de manera distinta qué es derecho

Existe un acuerdo entre los juristas en que la preocupación central del derecho es determinar en qué casos es posible usar la fuerza para proteger derechos y responsabilidades individuales provenientes de decisiones políticas anteriores. Sin embargo, existen otras preguntas que se desprenden de esta idea principal que da lugar a diferencias teóricas. Estas diferencias da lugar a que Dworkin afirme que existen tres paradigmas o concepciones a través de los cuáles los juristas interpretan el derecho: el convencionalista, el pragmático y el derecho como integridad. El autor, critica los dos primeros, y defiende el tercero.

Para el paradigma o concepción convencionalista existe una verdad inequívoca: “la ley es la ley”. La ley es tan clara, que los jueces no deben tener consideraciones ni éticas, ni políticas en su decisión, sino leer el texto redactado anteriormente y aplicarlo (en Ecuador este paradigma se ha llamado positivista, termino no utilizado por Dworkin). Para el pragmatismo jurídico se siguen en general las decisiones políticas del pasado, sin embargo, existen casos donde una “virtud contemporánea” puede hacer que se aplique otro criterio. Por ejemplo, para el pragmatismo puede ser más importante considerar si la decisión en una controversia es económicamente eficiente, antes de considerar si proviene de una decisión política del pasado. Prevalece el criterio económico por encima del criterio de respetar reglas anteriores en ciertos casos. El paradigma del derecho como integridad también relativiza el carácter decisivo de las decisiones políticas del pasado a la hora de resolver el conflicto. Para que una decisión política del pasado determine la controversia se debe analizar si ella surgió como consecuencia de la aplicación de los “principios de justicia, equidad y debido proceso” (p. 164).

Las respuestas en el derecho no son univocas, en primer lugar, porque la forma de pensamiento de los juristas está condicionada por alguno de estos tres paradigmas o concepciones. Estas concepciones, en los felices términos de Dworkin, constituyen “restricciones conceptuales sobre la imaginación” (p. 73). No existirá una sola respuesta sobre lo que es el derecho, porque existen al menos tres senderos distintos para llegar a esa respuesta.

2. Significado del orador o crítica al autor de la decisión política del pasado

Existe una defensa más sofisticada de quienes sostienen que el derecho es claro y no da lugar a equívocos. Siendo que uno de los problemas del derecho consiste en revisar las decisiones políticas del pasado, en caso de duda, es necesario determinar quién es el autor de esas decisiones, determinar su intención original, y resolver el problema. Si una sentencia o una ley no son claras, se pueden revisar los votos razonados de los jueces que conformaron el tribunal o las actas de las sesiones donde los legisladores aprobaron la norma, de tal forma que cualquier aparente falta de claridad en el derecho puede desaparecer revisando las intenciones de quienes elaboraron las normas.  A esta postura Dworkin se refiere como la teoría del significado del orador.

Uno punto que disfruté mucho de la lectura de Dworkin es cuando critica el planteamiento del significado del orador, para eso indaga agudamente sobre la existencia del autor de la norma y su supuesta intención. Un dificultad es que, según Wittgenstein, las palabras no siempre logran expresar lo que una persona quiere (p. 244). No existe una garantía que lo que planteó un legislador –orador- logre realmente expresar su convicción. ¿O qué sucede si en el proceso deliberativo o simplemente después el legislador cambia de convicción? Además, quién es el autor de una ley por ejemplo “¿Cada uno de los miembros del Congreso que la sancionó, incluyendo los que votaron en contra?” (p. 226). Otra complicación: una ley no sólo depende de quienes la aprobaron, sino de la decisión de aquellas personas que luego no lo enmendaron o revocaron (p. 226-7).  Sumado a lo anterior ¿no afecta a la intención original de aprobación de una ley, el hecho de que las circunstancias sociales, históricas o ecológicas del lugar donde fue aprobada haya cambiado? (p. 247).

De tal modo, que tampoco ayuda, aclarar el lenguaje con el simple hecho de revisar la intención de tal o cual individuo que en su calidad de juez o de legislador tuvo tal convicción. Tal afirmación no tiene fundamentos porque es profundamente dificultoso determinar quién es el individuo autorizado y también determinar cuál es su verdadera intención.

El derecho tiene varios sentidos pero uno es el correcto

El derecho por lo tanto tiene varios sentidos. El sentido dependerá por un lado la concepción o paradigma de derecho que se esté utilizando: convencional, pragmático o del derecho como integridad. Concepciones que tienen reglas distintas a la hora de resolver un caso. Pero además, el sentido del derecho no puede aclararse buscando un autor individual de una norma jurídica y tampoco la intención del autor. Buscar aquello es caer nuevamente en varios equívocos porque se puede entender varias cosas sobre quién es el autor y qué es su intención.

A mi parecer, si concordamos, primero, con el carácter múltiple que tiene el sentido del derecho; segundo, con la idea de que los juristas están condicionados por paradigmas previos de cómo resolver los casos; tercero, con la manera deconstructivista y realista en que Dworkin expone qué supuestamente significa un autor y qué supuestamente significa la intención de un autor; tenemos herramientas importantísimas a partir de las cuáles a develar las formas en que el derecho oculta relaciones de dominación.

Es necesario aclarar, según lo expondré en una próxima entrada, que estos planteamientos de Dworkin no le llevan a una posición escéptica. Muy por el contrario, a partir de defender la opción teórica del derecho como integridad intentará demostrar cómo –incluso en los casos difíciles- a pesar de que existen muchas interpretaciones posibles siempre existe una que resulta más atractiva. Sobre eso comentaré próximamente.


[1] Dworkin Ronald, El Imperio de la Justicia. Editorial Gedisa, Segunda Reimpresión, Barcelona, 2005.

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