Quito eterno, eterno mar de agresiones

Del mismo modo que la ‘Torera’, ‘Evaristo’, y tantos otros personajes que pulularon en Quito en el siglo XX, ahora existe ‘la agresión’ el personaje quiteño del siglo XXI.

Imagino la delicadeza con que el viejo escogió el palo que le iba a servir para defenderse. Incluso puede ser que él mismo lo haya cortado en la justa medida. Tenía que ser lo suficientemente corto para poder guardarlo al lado izquierdo del volante y poder sacarlo sin dificultad en un momento de apremio. Pero tenía que ser del tamaño necesario para que sea notorio y poder sacar ventaja del largo de los brazos del adversario. Imagino que el viejo no sólo cortó el palo, sino que además lo lijó mientras recordaba su juventud en la que participó en un par de grescas ‘de a palo’, o incluso pensó en su niñez cuando le partieron el palo en el culo.

Ese palo estaba pensado para días como hoy. En la tarde de hoy anduve en la acera de la avenida Eloy Alfaro, a un paso que no era ni rápido ni despreocupado. Un auto gris estacionado olímpicamente en la vereda comenzó a acelerar, ni si quiera en dirección a la calle, sino manteniéndose sobre la acera que ocupamos los peatones. Mi humildad no me dio para hacerme un lado y seguí caminado centralmente en la vereda, tal como lo venía haciendo, esperando que el auto gris al menos frene. Pero no. El auto gris continuó acelerando sobre la acera hasta que me obligó a esquivarlo para que no me pisara, pero di un duro golpe de puño sobre sus latas.

Inmediatamente el viejo gritó ofendido. Incrédulo de que el viejo resulté indignado, me acerqué a su ventana con ánimo beligerante. Al aproximarme el viejo agarró el palo que tenía añejando junto al volante para cuando se le presentara una situación como esta. Abrió la puerta del auto, agarrando el palo e intentándolo ocultar como si fuera su arma secreta, y comenzó a gritarme agitadamente ‘marihuanero’, ‘longo’, ‘marihuanero’, ‘longo’. Del otro lado del auto salían los refuerzos, una señora (¿antigua víctima del palo?) por la retaguardia comenzó a gruñir como un perro.

El palo, y quizá experiencias antiguas, me hicieron retroceder.  Mientras tanto los viejos seguían gritando triunfantes. Habían defendido, gloriosamente una trinchera más de los automovilistas: la vereda de la avenida Eloy Alfaro.

Pasaron un par de horas y me encontraba caminando por el paisaje de resaca que tiene la Mariscal en la luz del día.  Un automóvil giró sin anticipar su curva hacia la izquierda, dos motos venían a mediana velocidad apenas alcanzaron a frenar y se produjo un choque menor con una de ellas. El impacto no hizo que el motociclista perdiera el equilibrio. Pero todos nos llevamos un buen susto, especialmente en los segundos antes del impacto: cuando el auto bloqueó el camino del motociclista que frenaba pero sin alcanzar a detenerse. Esos breves segundos antes del impacto, donde aún era incierta la gravedad choque pero cada milímetro de segundo el choque parecía inevitable, provocaron la ira que se desataría de inmediato.

El auto frenó después del impacto y ambos motociclistas lo rodearon. El motociclitas que se había chocado contra el auto, armado en su mano de no sé qué objeto, rompió de un golpe el vidrio de la ventana trasera.  Las motos y el auto siguieron peligrosamente en la misma dirección, no sé qué pasó después. Mi ánimo se mimetizó con la casa gris de puertas clausuradas y vidrios rotos que cruza sobre las calles Calama y Juan León Mera.

Caminé un poco más hasta llegar al aula de clase que estaba vacía y abrí una novela queriendo llevar mis pensamientos a algún lugar distinto. Me entretuve leyendo los diálogos que tenían en un taxi tres académicos atrapados en un triángulo amoroso del que todos eran parte.  Los tres tienen plena consciencia de la existencia del triángulo, pero habían hecho acuerdos que les permitían bromear de la circunstancia y degustar mutuamente su inteligencia.  De repente, el taxista para el auto, los acusa de indignos, a ella de “puta, perra, zorra o cerda” y a ellos de “chulos, macarras o cafiches”. Lo grave fue que no sólo les ordenó bajarse, sino que intentó cobrarles. Entonces, un académico, el español Espinoza, bajó violentamente del auto al taxista paquistaní y empezó a caerle encima. Cuando se cansó de darle patadas ibéricas, el otro crítico literario, el francés, tomó la posta y lo siguió pateando en el piso ‘hasta dejarlo inconsciente y sangrando por todos los orificios de la cabeza, menos por los ojos’.

No ocultaré qué el lugar de la paliza fue algún barrio de Londres. Pero fue una agresión más que no logró apaciguar lo que viví y vi en la calle, sino que logró darles unidad a esas experiencias. La agresión literaria me permitió pronunciar a las agresiones como parte de mi paisaje urbano. La agresión o las agresiones no son hechos aislados, anecdóticos o estadísticos. La agresión es un hecho real, tan real como los edificios antiguos de la ciudad, sólo que se desplazada. En ocasiones está en esta esquina, en ocasiones saluda conmigo, otras contigo o choca con algún desconocido. Del mismo modo que la ‘Torera’, ‘Evaristo’, y tantos otros personajes que pulularon en Quito en el siglo XX, ahora existe ‘la agresión’ el personaje quiteño del siglo XXI. Ella acaba con el Quito romántico que se mantuvo hasta el siglo XX, aunque no elimina el Quito poético sino lo alimenta. Quito puede seguir siendo eterno, siempre que lo eterno signifique entre otras cosas ‘un eterno mar de agresiones’.

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3 comentarios en “Quito eterno, eterno mar de agresiones

  1. Qué día Pablo… Tu narración me genera muchas ideas, pero sólo voy a poner tres. Entiendo cómo vinculas a los personajes tradicionales de Quito con tu historia, pero un personaje es una persona distinguida públicamente o un ser que interviene en una obra de ficción. En cambio, la agresión es un instinto natural necesario para la vida. Lo cual se transforma en violencia cuando causa daño a la propia persona o a otros. La violencia es un síntoma de un conflicto que no se puede resolver. No sólo el viejo sino también el motociclista tenían “armas” para atacar a los demás cuando se sintieron agredidos, aunque en el caso del viejo era él quien estaba irrespetando la vereda y en el otro caso, el auto no puso direccionales. Eso pasa cada vez más: no se respetan las normas y tanto agresores como agredidos reaccionan con violencia… como si no les importara la norma y no les importara la gente. Pero eso no es parte del paisaje, eso es un síntoma de un problema social urbano…

  2. Se me olvidó decir que me gustó mucho tu texto porque logra unir tres historias distintas sobre ciudad y violencia… y porque me generó muchas ideas y ganas de escribir al respecto…

  3. Nadia, gracias de nuevo por tu comentario. Intenté hacer una descripción más instintiva y no tan sociológica. En ese sentido me di licencias como comparar la agresión con un personaje y no tanto como un problema social urbano. La agresión como algo o alguién que aparece en Quito y uno -al vivir en esta ciudad- de algún modo tiene que estar listo para verla. Listo no porque te guste o no, sino porque ella es parte de la ciudad y es mejor que no lo sorprenda.
    Que bueno que hayas disfrutado del texto y ojalá escribas! abrazo.

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