La Casa del Alabado como pasadizo a nuestro pasado

Comentario sobre la visita al Casa del Alabado, sus figuras, su arquitectura y su propuesta. 

En la mañana de hoy me propuse ir a la Casa del Alabado, el museo que acoge a la colección más importante de arte precolombino en Ecuador y que por razones tontas no conocía.

 La Casa se encuentra a una cuadra y media de la plaza de San Francisco donde la multitud estaba concentrada en una misa al aíre libre donde se celebraba la canonización a los obispos Juan XXIII y Juan Pablo II. Ambos obispos estaban representados por  monigotes de tres metros y medio de alto a la entrada de la iglesia de San Francisco. Esos monigotes en realidad los hacían ver muy terrenales, incluso un poco deformes y no tan celestiales. Avance hasta el Museo.

La fachada del Museo es similar a muchas de las casas coloniales que hay en el centro de Quito. Tras los primeros pasos uno ingresa a un patio acogedor, encuentra la recepción y se dan las preguntas de rigor. Tiene o no tiene carné de estudiante, factura a su nombre o consumidor final, quiere dejar su mochila en el casillero, quiere una guía escrita del Museo o audioguía, esta última es la mejor opción.

El recorrido inicia en penumbrosas y frías habitaciones. Las figuras precolombinas de distintas culturas (Valdivia, Chorrerra, Manta Juancavilca, Jama Coaque, Puruha, Napo, Inca, Cañari, Pasto, Puruha, entre otras) son expuestas sobriamente, con la luz precisa para ser apreciadas en su esplendor a pesar de la oscuridad del ambiente. En realidad, este ambiente busca recrear la concepción andina de que existía un inframundo, justamente oscuro y frío, en el cual se origina nuestro mundo. Muchas de las figuras que ahí se exponen muestran la evocación a nuestros ancestros y expresan la consciencia de que es en ese inframundo donde se originó nuestro mundo.

Después de estar sumergido en el inframundo, se ascienda por unas escaleras que tienen una pared cubierta de raíces secas y representan esa unión de lo subterráneo con el medio mundo que es en el que estamos, según la concepción andina. Es el medio mundo donde encontramos figuras precolombinas que narran nuestra vida cotidiana, objetos de uso diario o representaciones de posiciones sexuales y otras manifestaciones de la fertilidad.

Seguidamente viene el supramundo. En el habitan seres que no son atrapados por la mundanidad, entre ellos los shamanes.  Son múltiples las representaciones de shamanes consumiendo alucinógenos o  adoptando formas de animales.

La narración que se realiza a lo largo de los tres mundos y describe las figuras que presentamos nos da dimensión del carácter solemne con el que fueron creadas. La evocación de los orígenes del inframundo representados en seres vigilantes que acumulan espíritus, la representación de la vida cotidiana en el mundo del medio y la reverencia que existía ante la sabiduría y poder de los shamanes generan un efecto en los visitantes. El visitante se ve obligado a interiorizar las búsquedas espirituales de los creadores de esas figuras y se ve obligado a respetar su mundo. Pero, además, creo que el Museo logra que la preguntas espirituales que están de por medio de la creación en esas piezas de arte precolombino, sean preguntas que sean cercanas para nosotros, eso hace que la visita al Museo sea tan importante.

Dogymho, Casa del Alabado, 2011, Flickr
Dogymho, Casa del Alabado, 2011, Flickr

Además, el Museo tiene una arquitectura compenetrada con la intención de que el visitante se aproxime a las sensibilidades que están detrás de esas piezas de arte. Las salas del Museo son frías en el inframundo, se aclaran en el mundo del medio y, la última sala, del supramundo no sólo tiene una luz natural fuerte sino que está habitada por una enredadera de varios colores que dan vida no sólo a la sala, sino a las figuras mismas. Sumado a eso, existen una serie de patios, que hacen que el Museo mantenga su espíritu de casa colonial con anchas paredes de barro, pero sea al mismo tiempo un hogar para las piezas que guarda. Las piezas habitan el Museo, la arquitectura del Museo se encarga de hacernos entender que tienen vida. El diseño arquitectónico del Museo y de la exposición, logran ser una obra autónoma y complementaria de las obras precolombinas que ahí se exhiben.

Las piezas son un despliegue de creatividad interior. No quisiera perder el tiempo tratando de describirlas, maltratándolas con mi lenguaje. Me limito a decir que no había visto piezas en tan buen estado, tan delicadamente expuestas, ni tan sobrecogedoras. Le invito al lector a visitarlas.

Con soltura la Casa del Alabado rompe con dos formas de exponer los motivos del arte precolombino que me irritan. La una afirma que ellos hacían arte porque tenían meras supersticiones, que no sabían como funcionaba el clima, ni los desastres naturales, ni como se producían las enfermedades y que por eso representaban esas figuras extrañas que representan cierta magia, cierta hechicería. La otra forma de presentar al arte precolombino sólo busca usarlo para rescatar nacionalismos: miren cuanto oro, cuanta historia, si somos una nación.

La exposición de la Casa del Alabado, es algo mucho mayor a eso. Con cierto rubor, quiero atreverme a decir que en la medida que uno se involucra tanto con las intenciones de quienes crearon esas figuras, en la medida en que uno las siente vivas, tomando consciencia que fueron hechas por los antepasados de estas tierras, la visita representa un encuentro con el inframundo.

 

 

 

 

 

 

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