Toronjal, Mateo Barriga.

El árbol en movimiento

Una acción política e íntima para salvar un árbol en Quito

 

Pablo Kamchatka

Cuando Daniela Moreno y su hermana Andrea se enteraron de que la casa de sus abuelos sería demolida y sus árboles derribados, decidieron salvar el toronjal de seis metros que estaba en la puerta de entrada. Moverlo, permitiría poner en cuestión la forma en que está creciendo Quito, donde se talan árboles todos los días y se elevan edificios que individualizan la multitud urbana. A la vez, trasplantar el árbol que durante cincuenta años dio la bienvenida a la familia, significaría mirar un pasado que se diluía con la destrucción de la casa. Era abril de 2014, la iniciativa adquirió un sentido íntimo y colectivo del que surgió la acción poética y eco-política El Árbol en Movimiento.

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La empresa era atrevida. Trasplantar un árbol adulto es comparable a una operación de corazón abierto, se requiere el vigor para elevar toneladas (el toronjal pesaba seis), pero también precisión para no maltratar las raíces que lo alimentan. Faltaban noventa días antes de que elevaran el edificio y Daniela, que no tenía dinero en ese momento, tenía que encontrar los medios para mover al toronjal.

Tras las primeras gestiones el toronjal encontró casa, el Jardín Botánico de Quito accedió a recibirlo. Daniela –entusiasmada- pidió ayuda al Municipio de la ciudad para que con su maquinaria trasladen al árbol. El 22 de mayo la invitaron a un recorrido por los árboles emblemáticos de la ciudad junto al alcalde Mauricio Rodas. Al llegar, Daniela se enteró de que el evento era por el Día del Árbol.   Visitaron una araucaria, una magnolia y un higo que se conservan en el Centro Histórico. No se sabe si los árboles reconocieron el honor de la visita. En medio del acto solemne, Daniela explicó en segundos la propuesta de El Árbol en Movimiento haciendo énfasis en la necesidad de que el crecimiento de Quito sea distinto: en convivencia con los árboles y no a pesar de ellos. El Alcalde la felicitó.  Al terminar el recorrido, Daniela espetó: “¡¿Entonces, Mauricio vas a ayudarnos?!”. Él respondió: “Claro que sí, me gusta tu estilo”.

Pero todavía era necesario reunir dinero para comprar una máquina sofisticada que limpiaba la tierra de las raíces del árbol arrojando aíre a fortísima presión, pero sin lastimarlas. Para recaudar el dinero, el 30 de mayo, se realizó la primera minga bailable de El Árbol en Movimiento y varios artistas participaron gratis. Hubo música en vivo y proyecciones visuales, otros amigos repartieron los tragos en la barra, la madre de Daniela vendió choclos asados, cuatrocientas personas bailaban y alguien calmaba a su padre, diciéndole que no se iba a caer la casa.

Se hizo una segunda minga bailable y en total se recaudaron mil quinientos dólares para comprar la máquina que limpiaba las raíces (Airspade 2000) . Entonces inició la intervención de los arbolistas, los especialistas que dirigirían el minucioso procedimiento de trasplante, quienes podaron el árbol para aligerar su peso. Descartaron toronjas y ramas muertas. Destruyeron el concreto que rodeaba al árbol y quitaron la tierra que tenían las raíces con la máquina adquirida. Las raíces desnudas -que juntas alcanzaban hasta dos metros de diámetro- quedaron como único sostén del árbol. A inicios de agosto, el toronjal estaba listo para ser trasplantado.

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Como el árbol más grande de su casa, los Moreno Wray también debían mudarse. Andrea dice que durante la mudanza iban apareciendo los rastros de los más antiguos habitantes de la casa. Al vaciarse el baño apareció el papel tapiz de antaño. Encontraron una hoja escrita por la tía Inés que detallaba cuántas prendas de vestir, de qué material y de qué color habían en el clóset. En una de las últimas noches que la familia durmió ahí, se escucharon ruidos, como si alguien bajara maletas por las gradas y los pasillos. Pensaban que a lo mejor serían las tías Inés, Judith, Manana, o los abuelos que también estaban empacando. Gente que aunque había muerto, nunca dejó de habitar la casa. Daniela se preguntaba a dónde irán sus fantasmas. El toronjal era el único que tendría una nueva estancia.

Daniela, que es documentalista, filmó cada momento para perpetuar la memoria de la casa. Registró la mudanza y la casa vacía.  A ratos dejaba la cámara e iba a cualquier cuarto ya desocupado, para llorar a solas. Grabó después la destrucción de los árboles en el jardín y la demolición de la casa. La retroexcavadora redujo todo -el cerramiento, los cuartos, la sala, la cocina- a un montón de escombros color ladrillo.  Las varillas retorcidas salían de las pocas paredes que se mantenían en pie. En medio de la destrucción, el toronjal permanecía erguido, esperando  entrar en movimiento.

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El 19 de julio de 2014, decenas de personas merodeaban la casa del toronjal. Espiaban por la puerta del garaje, como quien busca al recién nacido. Encontraban al árbol rodeado de periodistas, camarógrafos y fotógrafos pendientes de su destino. Un hombre rociaba fertilizantes a las raíces desnudas. Fortalecer las raíces más pequeñas era necesario para que, en el nuevo sitio, el árbol se pudiera alimentar.  Los arbolistas sujetaban las ramas más fuertes del toronjal con cadenas, que a su vez estaban sujetas a una grúa. La Empresa Eléctrica retiró los cables de los postes que podían estorbar la ruta hacia el Jardín Botánico. Llegaron tres bufones, un grupo con tambores y la gente comenzó a disfrutar.

La mayoría eran individuos, colectivos e instituciones públicas y privadas que querían salvar el árbol y no cobraron por su ayuda. Daniela dice que en comparación con el apoyo de la gente, lo que menos se usó fue dinero. El árbol le enseñó a no angustiarse, sin dinero pero en minga los propósitos se pueden alcanzar.

Antes de que el árbol se marchara, Andrea, Daniela y su mamá Natalia se acercaron al toronjal. Descendieron al hueco donde estaban las raíces descubiertas. Con ánimo ritual, fumaron hojas de tabaco para comunicarse con él: agradecerle por el tiempo que estuvo ahí, por las jugosas toronjas que regaló a la familia esos cincuenta años, y despedirse. Se retiraron y los arbolistas siguieron con su trabajo.

El árbol parecía volar mientras la grúa lo trasladaba por el aire. Las personas seguían con suspenso el lento desplazamiento. Las raíces, que eran tan fuertes en tierra, parecían nervios expuestos que irritaban al árbol con el viento. Podíamos sentir al toronjal.

Los arbolistas daban instrucciones a cada movimiento de los maquinistas para no dañar al follaje, ramas y raíces. Suave, suave, decían. En la calle una larga plataforma retrocedía para poder recibir al árbol. Uno de los bufones, con gestos enérgicos, golpeaba la plataforma con un mazo y gritaba con voz aguda: “¡Despacio, despacio, hijo de Satanás!”. Todos reían, excepto el conductor. El árbol descansó acostado en la plataforma.

Ñañas. Fotografía de Mateo Barriga
Ñañas. Fotografía de Mateo Barriga

El camino al Jardín Botánico fue breve. Bajaron al árbol en el espacio que se había reservado para él, se prendió tabaco para recibirlo y se cubrieron sus raíces.

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Andrea y Daniela son tías de Luana, que nació hace pocos meses. En unos años, su sobrina podrá visitar el toronjal que, de algún modo, sigue siendo una entrada a donde sus antepasados están.

Nota: Fotografías de Mateo Barriga

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7 comentarios en “El árbol en movimiento

  1. Los hechos en sí construyen una historia, pero la forma de narrarlos, los puede volver inolvidables. ¡Hermosa invitación a revisar el precio que paga la naturalezas por el “progreso” de las ciudades!
    .

    1. Rocío,
      Gracias por tu comentario. Que bueno que hayas disfrutado la narración y que El Árbol en Movimiento haya provocado esa reflexión. abrazo

  2. Historias como estas se deben contar en la prensa y otros medios, increíble, felicitaciones por salvar al árbol (genealógico), así salvan a la humanidad.

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