Jeremías Gamboa: escribir desde la vulnerabilidad

Reflexiones de Jeremías Gamboa en el LIT FESTIVAL el 19 y 20 de noviembre de 2014

Jeremías Gamboa luchó para quitarse su chaqueta hasta que se le cayó al piso. Prendió un proyector para presentar sus diapositivas, pero bloqueó la luz del aparato con la barriga. A oscuras comenzó a dar su charla. La torpeza del escritor relajó el ambiente e hizo que olvidáramos su fama.

El peruano compartió con nuevos o presuntos escritores aquel consejo que hubiera apreciado cuando comenzó a escribir. Su planteamiento se basó en diferenciar qué tipo de miedo invade a una persona cuando escribe. Uno es el miedo que enfrenta de recibir o no recibir reconocimiento. Este miedo lleva a quien escribe a calcular sus pasos y pensar en la forma en que los otros esperan que escriba. El miedo a encontrar la forma correcta de escribir para ser publicado, leído y hasta premiado. Este miedo –cabrón- nada tiene que ver con la literatura, señaló Jeremías.

Existe otro miedo –al que Gamboa llama resistencia­- que también aparece al escribir. Este temor surge cuando quien escribe se enfrenta a episodios dolorosos de su pasado. Cuando se escribe, explica el peruano, siempre existe un proceso de dragado interno. El escritor explora sus dolores y sus causas, pero esta inmersión es dificultosa. Existen resistencias o miedos que el propio escritor tiene al cuestionarse. Pero enfrentando ese temor se potencia la literatura que se escribe, las resistencias son “un miedo que hay que abrazar”.

Jeremías intentó explicar esta distinción hablando de sí mismo. Siendo periodista de El Comercio, el principal periódico peruano, decidió a los veintiséis años juntar sus ahorros, optar por una vida frugal y escribir.  El dinero duró cuatro años en los que escribió mal. Resume que sus escritos tenían dos defectos. Hacían sentir culpa a los lectores por la pobreza peruana y/o estaban llenos de adornos y recursos literarios para agradar y obtener reconocimiento del mundo de la literatura. Escribía como se debe escribir, pero sin autenticidad.

Habían pasado cuatro años en los que, aparentemente, quedó demostrada su incapacidad para escribir. Con la derrota en sus manos, inició un posgrado en literatura en el extranjero con la expectativa más realista de ser profesor. Lo curioso fue que mientras esperaba la fecha de su viaje, retomó la escritura de cuentos y la literatura que tanto buscaba apareció.

Al saber que iba a estudiar un posgrado disminuyó la presión por escribir. Se apaciguó el temor a no  ser reconocido como escritor. Comenzó a escribir por el gusto de escribir y no para convertirse en escritor.

Simultáneamente, no tener esa presión, permitió a Jeremías cambiar de miedo. Dejó el miedo a no ser reconocido como buen escritor. En cambio, se enfrentó al miedo de escribir sobre la historias como marcaron como individuo. Permitió que los personajes de sus cuentos vivan experiencias inesperadas que tenían que ver con sus propios dolores. Enfrentándose a su desnudez llevó a un nivel más alto y auténtico su escritura.

En la charla, el punto central de Jeremías fue eliminar el miedo del reconocimiento y encarar experiencias intensas de nuestra propia vida: “escribir desde la zona de vulnerabilidad”.

La zona de vulnerabilidad en la escritura de Mario Vargas Llosa

La inmersión en los dolores internos catalizó la escritura de Vargas Llosa, afirmó Gamboa. En el caso del nobel peruano, el maltrato que sufrió de su padre se expresó en personajes centrales que desafían la autoridad paterna (La tía Julia y el escribidor), la militar (La ciudad y los perros), y la del dictador (La fiesta del chivo).

La introspección que genera literatura puede valer padecimientos físicos y sicológicos. En una carta de Vargas Llosa describe el proceso de escritura de la novela La Ciudad y Los perros:

Ignoro si siempre ocurre así. Pero yo voy a salir loco: frente la máquina siento malhumor, palpitaciones, odio, impotencia, excitación, fiebre, frío, diarrea, contención, ahogo, asco, vómito, vértigo, una inexpresable y espantosa desesperación.

La resistencia a mirar el pasado puede provocar malestar físico. Pero se puede modular esa inmersión en la intimidad propia a través de algunos recursos. Por ejemplo, escribir en tercera persona y no en primera persona; hacer que el personaje que vive la experiencia tenga características distintas a las del escritor (edad, género, trabajo, etc.); hacer que la historia ocurra en una locación o tiempo distinto al que realmente ocurrió. De este modo, quien escribe puede hacer brotar experiencias internas, pero con la distancia suficiente, que permite la ficción.

*

Superficialmente, se podría decir que el autor del libro Contarlo todo repitió la archiconocida idea de que debemos alejarnos de las modas y crear desde nosotros mismos.  Pero  fue más allá: propuso ampliar la mirada del quehacer literario. El escritor no sólo debe observar el texto que trabaja, sino observar cómo su ser reacciona y se transforma mientas escribe.

 

 

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