De la Oscuridad a la Luz

¿Cómo sería tu vida libre de la bulimia?

Por: Natalia Sotomayor

Publicado previamente en Annapurna

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¿Cómo sería tu vida si te vieras libre de la bulimia?

La primera vez que me hicieron esta pregunta estaba sentada junto a una de mis mejores amigas y maestras. Acababa de sobrevivir a una semana entera de atracones y purgas. Cinco días de vivir entre la tienda, la cocina, y el baño. Momento a momento me prometía que esta sería la última vez que lo haría, pero en seguida me encontraba nuevamente vomitando a escondidas, tratando de expulsar las miles de calorías que acababa de consumir.

No era la primera que me encontraba en una situación similar, pero sí era la primera vez que me atrevía a reconocer que necesitaba ayuda. Llevaba días encerrada, sin poder avanzar en los trabajos que tenía que entregar en la universidad; me sentía hinchada, débil, y confundida. Parecía que un monstruo se había apoderado de mi cuerpo, obligándome repetidamente a irme en contra de mi propia voluntad; moviendo mis pies hasta el Deli más cercano para comprar más comida; y forzando mis manos para introducir desesperadamente más alimentos en mi cuerpo, llenarme más allá de los límites de mis intestinos, y utilizar toda mi fuerza para vomitarlo todo. De vez en cuando llamaba mi novio desde Ecuador, y yo le mentía, diciendo que estaba bien, “a full con la universidad, pero avanzando.”

De repente, en medio de mi perdición, sentí por primera vez la necesidad de salir corriendo. Necesitaba salir de mi propia piel para encontrar un lugar seguro. Huir de mi misma para dejar de hacerme daño. En ese tiempo no conocía el yoga, así que corrí a fumarme un cigarrillo, luego otro, y otro más. Sentada a la orilla del Hudson River en Nueva York, escuché una voz en mi interior, suave pero muy clara, diciendo: “No vas a poder sola. Necesitas pedir ayuda.”

Ese día decidí llamar a mi amiga. Me escuchó con paciencia, mientras le contaba lo que me ocurría, y luego, con absoluta calma me preguntó: “¿Cómo sería tu vida si te vieras libre de la bulimia?”

Ese día no supe qué contestar. Tenía 19 años y había vivido los últimos seis años de mi vida obsesionada con la idea de tener que bajar de peso, sintiéndome culpable por cada bocado de comida que introducía en mi boca, prohibiéndome ingerir alimentos, y castigándome con ejercicio, vómito, o laxantes por no poder controlar mi hambre, por haber cedido mi voluntad ante la necesidad de alimentarme.

Después de ese día pasaron muchos años antes de volver a considerar la posibilidad de sanarme. La pregunta sobre qué haría sin la bulimia resonaba constantemente en mi cabeza, pero la verdad es que me parecía imposible vivir sin los síntomas de esa enfermedad. Había vivido con desórdenes alimenticios de distintos tipos desde los trece años, cuando decidí hacer mi primera dieta, y había llegado a convencerme de que mi vida solamente tenía sentido dentro del ciclo interminable de la restricción, los atracones, y las purgas. Llegué a convencerme en ese tiempo, de que era una persona dañada, perfeccionista, mentirosa y manipuladora, buscando siempre esquivar todas las experiencias y relaciones de mi vida, para poder tener unos instantes de encuentro con la bulimia. Tenía un novio y una familia que me amaban; amigos incondicionales que hubiesen estado dispuestos a acompañarme y ayudarme si lo solicitaba; era una excelente estudiante en la universidad de mis sueños; y vivía en el lugar donde siempre había querido vivir; pero nada parecía suficiente. Siempre había algo en mi que corregir, algo por qué culparme, algún motivo para juzgarme como débil o incompetente.

Desde la primera manifestación del desorden alimenticio en mi vida, había desarrollado una relación demasiado íntima con todos sus síntomas y facetas. Aunque en el fondo odiaba perder horas y días de mi vida entre la cocina y el baño, me costaba imaginar una vida diferente. La bulimia me acompañaba a celebrar los momentos más importantes de mi vida, y a sobrellevar los más desafiantes también. Estaba ahí cuando estaba triste, tenía iras, me sentía sola o estresada; y aparecía también cuando estaba feliz, cuando me sentía orgullosa de algún logro, o cuando necesitaba tomar una decisión. En ese tiempo sentía que el desorden alimenticio era lo único que tenía sólo para mi. Mi única compañía incondicional, y mi único secreto, el único aspecto de mi ser al que nadie más tenía acceso, que nadie podía controlar.

Cada que mi novio o mi familia insinuaban que tenía un problema, inmediatamente saltaba a la defensiva. Era mi vida, y nadie tenía derecho a intervenir en ella.

El día en que mi mamá entró desesperada al baño a preguntarme qué estaba haciendo, salí corriendo de la casa, y desaparecí por dos semanas. Me había convertido en una pared impenetrable de doble fachada. Por afuera vivía una vida normal, alegre y exitosa; pero siempre que estaba sola, emergía el otro aspecto de mi personalidad: ansiosa, dependiente, y altamente destructiva.

Cuando regresé a la casa después de dos semanas de desaparición, mi mamá me pidió que vaya a un retiro de yoga. El retiro de Kundalini Yoga se llamaba “Mujer de Luz,” y era dirigido por Nam Nidhan Kaur Khalsa, una mujer de Chile que transmitía las enseñanzas del maestro Yogi Bhajan. El retiro duró dos días, en los que hicimos varias series de yoga, meditaciones, y ejercicios de auto-reflexión. Yo estaba acostumbrada a tener sesiones intensas de ejercicio, en las que corría por horas, levantaba pesas, y hacía cientos de abdominales; pero esa vez, para mi sorpresa, cada ejercicio me costaba una infinidad. Se me hacía eterno tener los brazos levantados por un minuto, y levantar las piernas, o sostener mi equilibro me parecía imposible.

“La fuerza está en tu interior, ¡mantente!” repetía Nam Nidhan de vez en cuando. Mi mente no entendía lo que eso significaba, pero en los pocos segundos que lograba encontrarme con esa fuerza y mantenerme en las posturas de yoga, lograba sentir y experimentar una energía que me llenaba de gozo, que me inspiraba a volverlo a intentar, a regresar a la postura y sostener mi cuerpo, mi mente, mi propia energía.

“¡Respira!” nos recordaba Nam Nidhan. Y de repente me daba cuenta que no estaba respirando; tomaba una inhalación profunda, y como por arte de magia, lograba hacer contacto por unos momentos más con esa “fortaleza interna”, con la posibilidad de sobrellevar el desafío de sostener los brazos arriba, y la esperanza de ir más allá de todos los pensamientos negativos que gobernaban mi vida hasta ese momento.

Tal vez sí merecía una vida distinta. Tal vez sí podía vivir libre de la bulimia. “Tal vez,” pensé al salir del retiro, “existe la posibilidad de vivir a salvo en mi cuerpo, de perder el miedo a estar a solas conmigo misma.”

Apenas regresé a mi universidad en Nueva York, encontré un centro de Kundalini Yoga frente a mi casa. Siempre había estado ahí, pero era la primera vez que lo veía. El Golden Bridge Yoga se convirtió en mi principal refugio durante los siguientes años. Iba a clases de yoga todos los días. A veces iba justo después de tener atracones y de vomitar. En esas ocasiones me sentía tan débil que no lograba hacer nada más que acostarme a escuchar la clase, sin hacer ningún ejercicio. Siempre habían decenas de estudiantes, así que era fácil irme al final de la clase para esconderme detrás de todos, y relajarme escuchando los mantras, la respiración de los demás, la energía que emanaban al desafiar sus propias debilidades para descubrir sus fortalezas.

nATI 2Los años siguientes fueron años de transformaciones. De repente me di cuenta que el desorden alimenticio había distorsionado mi visión de la vida; me di cuenta de que al hacerme daño, hacía también daño a las personas que me amaban, deteriorando casi todas mis relaciones; comprendí que no existía ningún monstruo apoderándose de mi vida y obligándome a mantenerme atada a la bulimia. Era yo la que estaba conduciendo el volante de una vida sin sentido; y era yo la que debía cambiar el rumbo, empoderarme de mis decisiones, elegir nuevos hábitos, y encontrar nuevas formas de ser y estar en mi propio cuerpo, de experimentar mi propia vida en la Tierra.

¿Cómo sería mi vida si me viera libre de la bulimia?

Han pasado varios años desde que tome la decisión honesta de sanarme. Ha sido un proceso de sanación largo, con muchos altibajos, curvas, momentos de perdición total, y momentos de éxtasis y felicidad absoluta. He pasado por varias clínicas, tratamientos, y terapias; he tenido que tomar decisiones difíciles, y aprender a tomar responsabilidad de cada uno de mis pensamientos, palabras, y acciones.

La intención de sanarme y de vivir una vida libre de desórdenes alimenticios y de adicciones me ha llevado a maestros, lugares, y experiencias que me han permitido saborear, cada vez con más gusto, el regalo de estar viva, de tener un cuerpo, y de poder moverlo a mi gusto, ya no por miedo, o por inercia, sino con amor y gratitud, con seguridad, creatividad, y confianza.

La respuesta a la pregunta que me hizo mi amiga hace ocho años ha llegado por partes, y se sigue completando. Mi vida libre de la bulimia y de cualquier otro tipo de adicción es una vida despierta. Finalmente tengo un cuerpo que siente y que sabe reconocer tanto el dolor como el placer. Y adentro de este, mi cuerpo, hay un universo de otro tipo de sensibilidades que me recuerdan quién soy realmente, y lo que soy capaz de lograr para mi misma y para el planeta en el que habito.

Emociones que vienen y van; ideas que se convierten en sueños y que marcan el trayecto de mi camino; deseos que me invitan a reconocer mis vacíos; y una consciencia cada vez más nítida que me permite identificar qué es lo que realmente necesito; cuál es la forma más sana y amorosa de convertir mis errores en aprendizajes, de aceptarme como soy, y de mostrarme a los demás sin culpa ni vergüenza. Viendo hacia el pasado, no cambiaría ni un solo aspecto de mi vida. Ni siquiera los momentos de mayor oscuridad, en los que no lograba reconocerme a mi misma. El monstruo que era el desorden alimenticio se ha transformado ahora en una fuente de cuidado, sabiduría y crecimiento. Ya no tengo miedo a equivocarme, ni siento la necesidad de lograr un ideal inalcanzable de perfección. Tengo más tiempo y energía para experimentar la vida en sus formas más simples: compartiendo con las personas que me rodean, caminando en la naturaleza, saboreando alimentos que me nutren y me mantienen viva.

Escribiendo esto, siento una inmensa gratitud por ese día en el que decidí sacar mi más grande secreto a la luz, formulando en palabras claras y directas la frase que me llevó a emprender mi camino de sanación: “Tengo un problema y necesito ayuda.”

Hace algunos meses sentí la necesidad de crear un espacio de ayuda para personas que sufren de desórdenes alimenticios y adicciones. Decidí crear Annapurna con la intención de apoyar y acompañar el proceso de sanación de hombres y mujeres que sienten la ilusión o necesidad de vivir una vida libre de anorexia, bulimia, obesidad, o cualquier otra adicción. Mi vida libre de la bulimia es una vida guiada por el sueño de devolverle a la vida el sinnúmero de regalos que me ha dado a lo largo de mi proceso de sanación. Necesitamos espacios a los cuales acudir cuando estamos listos para pedir ayuda, y mi deseo es que Annapurna sea uno de esos espacios.

Mi oración es que todas y todos nos demos la oportunidad de ser los protagonistas de nuestras vidas; de vivir una vida libre, sana, y feliz. Reconocer que necesitamos ayuda es el primer paso para transformar los síntomas de toda adicción. Nuestra vulnerabilidad y sensibilidad es lo que nos hace humanos. El momento en que reconocemos tener un problema, abrimos la puerta de acceso a la sanación. Nos quitamos de encima el gran peso que implica guardar el secreto de la enfermedad, y con más ligereza, logramos divisar nuevos horizontes, nuevas posibilidades de transformación en nuestras vidas.

El corazón de Annapurna está abierto para recibir a todas las personas que sientan el más mínimo deseo de sanarse.

¿Cómo sería tu vida si te vieras libre de cualquier tipo de desorden alimenticio?

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2 comentarios en “De la Oscuridad a la Luz

  1. Gracias Nati por compartir tu sentida experiencia y camino. Gracias por tu gratitud a la vida y a tu fuerza interior. Es inspirador tu testimonio.

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